Nuestra Cultura de la Muerte.

La muerte.. esa compañera nunca nombrada, nos ha acompañado siempre. En nuestra cultura, es sinónimo de dolor, de reflexión humilde sobre nuestra fragilidad y destino final de nuestra existencia.

Optamos por ignorarla hasta que es demasiado tarde, sin embargo, a lo largo de nuestra historia, nuestra actitud hacia ella ha variado en el transcurso de los siglos, y es interesante saber que, a pesar de los años y los cambios conductuales productos de la cultura y la modernidad, hay rituales que han permanecido casi inalterables a través de los siglos.

En la epoca de la colonia, la muerte era algo tristemente cotidiano por la frecuencia de las guerras civiles y la alta taza de mortalidad, Simplemente, se moria en la casa, y a veces ni siquiera la disposición del cadáver podía ser digna. Por ejemplo, la epidemia de cólera que azoto a Caracas a principio del siglo XIX, produjo tantas víctimas que los cadáveres eran apilados en una carreta y eran transportados al cementerio, donde eran enterrados en una fosa común. Esto dio origen, años después, a la leyenda de “la carreta del cólera”, terrible fantasma que recorría las calles solitarias de caracas después de medianoche y que, junto con otros espantos, aterrorizaba a los trasnochadores.

Durante la segunda mitad del siglo XIX, con un poco mas de estabilidad, se redujeron notablemente las tazas de mortalidad, sobre todo en Caracas. Los agonizantes, morían en sus casas, recibiendo el consuelo de su familia. El viático llegaba en procesión a dar los últimos sacramentos al moribundo, mientras que, a su paso, vecinos y transeúntes presentaban sus respetos. Generalmente era el sacerdote quien anunciaba la llegada de la muerte.

Se preparaba y se velaba el cadáver en la propia casa. El entierro generalmente se hacia de noche; El cuerpo era llevado a la iglesia, y luego al cementerio. Después del sepelio, se ofrecía en casa del difunto una cena. Aunque los pobres enterraban a sus seres queridos sin mucho ruido, era obligatorio despues hacer “el sancocho”. Si era un infante el fallecido, a los niños se le ofrecían caramelos y bebidas refrescantes después del entierro, lo que hacia parecer el acto mas una fiesta infantil que otra cosa.

Los cadáveres de las féminas eran cubiertos de un manto blanco si habían sido virgen, y negro si no lo fue.

En esta época, aparecieron las primeras agencias funerarias, (1849, regentada por el español Antonio Echaiz) por lo que ya no se transportaba al cadáver en una mesa, si no en coche fúnebre. (una calesa tirada por caballos, luego, los coches a motor) estas agencias, comenzaron a ocuparse de los tramites mortuorios, lo que hizo, entre otras cosas, que el banquete después del entierro desapareciera. A partir de 1880, ellas establecen un horario para los entierros: en la mañana (9:00 AM) o en la tarde (4:00 PM), horarios que se mantienen actualmente.

A partir de 1930, nuestra forma de morir cambia. Se desplaza el hogar por el hospital, y tristemente, el acto de morir se hace impersonal. Ya no se asiste espiritualmente al enfermo, generalmente muere solo. Irónicamente, la modernidad trajo la inhumanidad en el acto de morir.

 

El primer cementerio publico, según los cronista, fue el de san mauricio, en 1567. Sin embargo, las personas pudientes enterraban a sus muertos en las iglesias y en camposantos próximos a las mismas. En 1828, el propio Libertador prohibió esta practica por razones de salubridad, pero la misma continuo hasta 1874.

Es en 1876, con la creación del cementerio general del sur, cuando se unifica el espacio de la muerte en Caracas y se le dio una nueva dimensión estética. El camposanto se transforma en un lugar donde se levantan monumentos al difunto y se le rinde respeto. Desde elaborados mausoleos hasta pequeñas tumbas con lapidas de mármol, se busca recordar la obra del occiso durante su estadía en la tierra. Con el tiempo, la concepción del camposanto cambia. A partir de 1969, con la apertura del cementerio del este, el cementerio se trasforma en un lugar de reposo y sosiego, en un lugar mas parecido a un parque donde nuestros seres queridos “reposan en paz”

Tambien la manera de presentar nuestros respetos al difunto y a los familiares a cambiado con el transcurrir del tiempo. La sala de la casa se ha sustituido por la funeraria para tal fin, aunque el torturante rito de permanecer al lado del cuerpo del difunto y recibir el pesame de propios y extraños se mantiene. “El sancocho” se sustituyo a mediado de los 50’s por “el consome” y desde finales de los 90’s casi a desaparecido por completo. Solamente el cafe sobrevive del antaño banquete colonial.

Indirectamente, aun permanece la figura del “animador” (aquel quien habla de las virtudes del difunto y que también contara, mas avanzado el día, los afamados “chistes de velorio”) y que es una herencia de los ritos funerarios del siglo XIX.

Persiste a duras penas la costumbre de llevar el luto, ritual documentado rigurosamente en el manual de carreño. Indirectamente, tambien estan las “lloronas profesionales” o “plañideras”, y que fueron figuras importantes en el siglo pasado. Un difunto importante no podía prescindir del llanto desconsolado de las mismas.

Tímidamente, la modernidad ira borrando paulatinamente los ritos funerarios, y seguramente, dara pasos a nuevas manifestaciones, como por ejemplo “el entierro malandro”. Sin embargo, seguramente como sucedía con nuestros antepasados, recordaremos con nostalgia estos ritos urbanos.

 

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